|
Historia de un extremeño sin historia EMOCIONES, INTRIGA Y DESVENTURAS DE UN HOMBRE HUMILDE EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVIII |
||||
| Volver |
Fragmentos correspondientes al Capítulo I Noticias
sobre mi persona, sobre el pleito de mi abuelo con el Marqués de
la Higuera y sobre la misteriosa muerte de éste "LA ASCENDENCIA DE
MI PADRE PROCEDÍA DE SEGURA DE LEÓN, "(
)
Vi la luz en la villa de Almendralejo en la mañana del catorce
de febrero de mil setecientos y veinte años. Allí tuvieron
que detenerse mis progenitores para hacer un descanso obligado, en el
largo viaje desde nuestra casa en Segura de León hasta la villa
y Corte. Como era caída la noche, hubieron de recibir acomodo y
alojamiento en la fonda del Portugués, que estaba junto a la cárcel
vieja. Íbamos todos (más yo también, aunque en el
vientre de mi madre), camino de Madrid, donde nos aguardaba mi tío
don Álvaro de Figueroa, que iba a casar en poco menos de un mes. Alguna
vez me refirió mi madre lo fatigoso que resultó para ella,
teniendo en cuando su grávido estado, el camino que hay entre Fregenal
de la Sierra y Villafranca. Sobre todo porque, antes de llegar a Almendralejo,
notó graves molestias en el bajo vientre. Es por ello que, al haber
llegado la noche cerca de esta población, tuvieron que parar sin
más remedio. Mi
inesperado nacimiento fue la causa de que todos nos perdiéramos
la boda de mi tío don Álvaro. Y también que mi abuelo
hubiera de mandarle un aviso para que retrasara el pleito, del que más
adelante daré cuenta. Durante
los días subsiguientes nos entretuvimos en tomar fuerzas. Yo engordando
alguna porción el minúsculo cuerpo sietemesino. Y mi madre
pasando la cuarentena necesaria. Mientras, mi padre y mi abuelo alternaban
su obligada estancia en Almendralejo con idas y venidas hasta la cercana
población de Alange. Supe
advertir años después que no fue aquella la primera vez
que pasaban a dicha población. Todos los años antes de la
Cuaresma -desde la muerte de mi abuela- tenían por costumbre acudir
los dos hasta esa villa para que mi abuelo tomara las aguas. Estaba convencido
del alivio que a sus reumas producían los milagrosos baños
que tomaba en la charca de los hombres. Pues parece que en unos días
quedaba consolado de los achaques que su maltrecho cuerpo padecía. Páginas 15-16 "(
)
La principal aplicación de mi abuelo siempre había sido
(
) el estudio de la flora, las hierbas y vegetales. Un viejo criado
de su padre le enseñó y copió mil recetas y remedios,
que él a veces ponía en práctica con los allegados
y que supo conservar como un tesoro. Algunas recetas también las había conseguido su merced, mi abuelo, después de haber leído algunos tratados médicos antiguos y recientes. Así que, con los años, alcanzó gran destreza haciendo aliños con todas las sustancias más raras que uno imaginar pudiere. Mi padre me contó que a él mismo le aplicaba una cura para sus males de la piedra, pues por esta causa sufría a veces grandes dolores. El bebedizo en cuestión era obtenido al mezclar simientes de calabaza, ceniza de alacrán, sangre de cabrito, raíz de apio, orégano, mirra, miel y agua. No puedo imaginar el sabor que una purga como esta habría de tener, pero es muy cierto que esta habilidad le había reportado al dicho mi abuelo gran notoriedad desde que estableciera su casa en Segura de León ( )".
Fragmento correspondiente al Capítulo IV De mi marcha a Cataluña, sobre mis estudios en la Universidad de La Cervera, y del asesinato de mi tío Don Manuel de Figueroa "(
)
Regresó don Manuel al detalle de lo que estaba escrito en la nota
que encontró en su alcoba. En ella se leía: "al alba
en la Fuente de la Rana". Siendo anochecido, sería razonable
creer que quien le había mandado un mensaje tan breve quería
verlo al siguiente día. Dispuso su cabalgadura cuando aún
no había amanecido, saliendo sin demora al encuentro del desconocido
personaje. Al llegar poco después junto a la dicha fuente, advirtió
la presencia de un hombre sobre su inquieto caballo. Se acercó
a él, pero no pudo reconocer quién era, pues llevaba todo
el cuerpo cubierto hasta los tobillos por una capa de esas castellanas.
En la cabeza un sombrero negro de anchas alas, y un pañuelo blanco
sobre la cara. Le preguntó sin más pausa si él era
quien llevaba días buscando a don Manuel de Figueroa. El desconocido
contestó enseguida que sí. "EN LA VILLA DE RIPOLL HABÍA PASADO SU MERCED MUCHAS TEMPORADAS. IBA HASTA AQUELLA COMARCA... PARA TOMAR LAS AGUAS CUANDO SU SALUD Y LOS REUMAS LO REQUERÍAN..." Hubo
un silencio, y el frío parecía acompañar las primeras
luces del nuevo día. Permanecieron así, inmóviles,
mirándose, sin mediar más palabras. Hasta que de nuevo mi
tío demandó al extraño información sobre su
persona, su nombre y su patria. Le pidió explicación del
motivo por el que andaba buscándole, pues para eso había
venido hasta allí. Entonces, sin él esperarlo, el desconocido
arrimó su caballo hasta él y, sin bajarse de la montura,
le lanzó dos estocadas con un florete, que le alcanzaron en el
vientre, atravesándole una de parte a parte. De este modo, sintiéndose
herido, sus piernas no pudieron mantenerle en pie y se derrumbó,
notando cómo la sangre teñía su ropa. Sólo
recuerda que luego apretó con su mano para contener la sangría. No
sabía don Manuel cuánto tiempo estuvo tendido en el suelo.
Pero sí era capaz de acordarse del dolor, y de cómo notaba
que la sangre corría por las heridas que el tal despreciable individuo
le causó, sin poder él prevenirlo. Poco antes de quedar
sin conciencia, se agachó a su lado diciendo con una voz ronca:
"la deuda es pagada... Busca en tu recuerdo cómo en otro tiempo
llevaste la vida de un noble caballero". Cuando
el siniestro y malévolo personaje se apartó de su lado,
ya no volvió más a verlo, pues oyó cómo se
alejaba su caballo. Pero el destino quiso que su hora última no
llegase en la soledad de aquel lugar. Pasado sólo un instante,
escuchó que rodaba por allí un carruaje. Lanzó un
grito, y vociferó: "¡A mí, a mí! ¡Que
estoy de muerte herido! (
)". Páginas 87-88 Fragmento correspondiente al Capítulo VI De
la sorpresa que nos causó saber quién fue el asesino de
mi tío
Volvimos
con la justicia otra vez a la posada de Navarclés. Siendo tres
los alguaciles, y nosotros otro tanto -contando a Jusep, al tabernero
y a mí mismo-, podríamos mejor prevenir que no escapara
el asesino. Dispuso el cabo alguacil que ellos entrarían en el
cuarto donde el susodicho dormía. Y siendo cierto que no había
más puertas, ni aun ventana por donde salir, debíamos estar
nosotros dispuestos afuera para impedir que se evadiera el reo. Y
así fue que entraron sin hacer ruido ninguno, mientras el tabernero
alumbraba desde la puerta con una antorcha encendida. El infame reposaba,
exhalando tan enormes ronquidos, que más parecía que gruñeran
varios cochinos a un tiempo. De pronto, los tres alguaciles cayeron sobre
él, con tan grande impulso, que -siendo el lecho un camastro desencajado-
todos fueron a parar al suelo. Deste modo, cuando volvió en sí,
no le parecería sino que se habría precipitado sobre él
el peso de toda la furia divina. Pues, al entrar Jusep y yo detrás
del tabernero, descubrimos al rufián aquél ya preso, pero
con los ojos espantados y una expresión tan atolondrada que más
parecía que había quedado trastornado sin remedio, del grande
sobresalto que llevó.
"LLEGAMOS A NAVARCLÉS, Y LUEGO QUE PREGUNTAMOS A UN VECINO, NO TARDAMOS EN DAR CON LOS ALGUACILES, QUE VENÍAN POR LA CALLE HACIENDO LA RONDA". Lo
sacaron a la calle bien agarrado por los brazos, teniendo atadas las manos
detrás de la espalda. Como lo llevaban preso a Navarclés,
nos despedimos del tabernero. Le agradecí la ayuda que nos prestó,
y marchamos a la dicha villa, por ver qué declararía delante
de la justicia el asesino de mi tío (
)". Páginas 110-111
|
|||